Espiritualidad y Noticias Católicas

7 cosas que me ayudaron al momento de querer ser sacerdote

Dentro de la vida de cualquier persona hay factores que siempre influyen de una o de otra manera en su vida o incluso en la carrera o en la vocación que elije. En mi caso no fue la excepción.

Mi familia

Nací en una familia católica, poco practicante pero católica. Hay aprendí lo básico de la vida cristiana.

Aprendí virtudes básicas para la vida de un cristiano. Aprendí a compartir. Eso no podía ser de otra manera. Tengo 5 hermanos. Somos 4 mujeres y 2 varones. Yo el mayor. Mi familia no entra en los aspectos que me ayudaron, porque es la base.

Fue en mi familia donde fui cultivando valores y virtudes como el ser religiosos y respetuoso hacia lo que representa lo sagrado por ejemplo la persona de una religiosa o de un sacerdote.

Aprendí y practiqué virtudes como el desprendimiento de mí mismo para salir al paso del otro. Claro esto no fue inmediato, se dio en el rose con los demás. Hoy como seminarista y como religioso lo vivo porque lo aprendí en mi familia.

Ahora una vez explicada la base me gustaría hace un recorrido de cosas que me ayudaron a optar por ser sacerdote de Cristo. Ya presuponiendo que la iniciativa es de Dios. Todo parte de él y sin él nada podemos hacer.

El llamado y la vocación divina

Esto es lo primero. Es una voz interior se manifestó y se sigue manifestando como una inquietud y una atracción hacia las cosas espirituales y religiosas.

El sacerdocio no sale de la nada. Es Dios el que infunde la semilla y la hace germinar en el momento apropiado. Al ver un sacerdote y como se trabajaba en la Iglesia siempre era algo que me llamó mucho la atención.

Fue ahí donde poco a poco fui descubriendo que me sentía atraído a algo más. Sentí que como joven o como hombre necesitaba dar algo más. No quedarme con solo ser colaborador, sino ser realmente un consagrado de verdad y darlo todo por amor. No teniendo nada, pero dándolo todo por amor.

El ejemplo de mi párroco y de buenos sacerdotes

Aun recuerdo mucho a mi confesor. Se llamaba el P. Pedro. Era un sacerdote, yo creo que como unos 85 años. Era irlandés. Manejaba un carrito blanco y confesaba en mi parroquia los jueves. Él era mi confesor. Aprendí mucho de él. Aprendí a saber escuchar y a estar aténtenlos a los demás. Él me enseño e inculcó muchos el amor a los santos.

Mi padrino también sacerdote. Me ayudó mucho ver como él como hombre era muy capaz. Siempre sonriente y capaz de conversar con todos. No recuerdo a nadie que no podía acercarse sin que el Padre los conociera y que conversar con total tranquilidad.

En una homilía en la misa de los niños que dedicó a la vocación me marcó mucho y lo recuerdo como si la escuchara en este momento. Nos invitaba a los niños a ser generosos si Dios no estaba llamando.

Fue él el que me preguntó sobre el sacerdocio. Fue él que me supo guiar y apoyar en los momentos difíciles de mi vida.

El deseo de algo grande

Como todo niño siempre desee algo grande. Soñaba con surcar los mares, conquistar lugares y en especial siempre soñé ser misionero.

A mi casa llegaba una hojita que se llamaba: La semilla dominical. Ésta la regalaban los domingos en la parroquia y traía las reflexiones de la semana. Yo la leía. También un periódico que se llamaba Panorama Católico. Ahí había historia de personas y de sacerdote que estaban en África o en lugar que nunca había escuchado, siendo y predicando el evangelio de Cristo.

Yo soñaba con surcar los ríos, escalar montañas, ser un gran empresario y ayudar a mi familia. Hasta que apareció Dios en mi vida y me convirtió este sueño en realidad. Me llamó a ser sacerdote. Así puedo ser sacerdote misionero, escalador, marino, mártir.

Aquí me gustaría contar una anécdota. Cuando era misionero de mi parroquia. Me enviaron a un pueblo lejano para la Semana Santa. Era la primera vez que esa comunidad recibía misionero. Yo era el gran anhelo del lugar. Una vez, cuando había terminado la predicación de miércoles santo. Se acerca un joven y me dice: gracias. Yo le respondí y le pregunté qué de donde era, pues fue la primera vez que lo veía. Me dijo que era de un pueblo vecino que no había recibido misionero. A mí me entró las ganas de aventura y le pregunté si estaba muy lejos y me dijo que no.

Bueno fueron 3 horas de camino y luego llovió todo el camino. Fue cansado y tedioso, pero cuando llegué se me quitó todo cansancio solo al ver la Iglesia llena y la ilusión de la gente al ver un misionero ahí en su comunidad. Ahí descubrí que quería dedicar toda mi vida a esto. A ser sacerdote que lleve el consuelo a todos los lugares del mundo sin tener miedo, sino solo dando lo mejor de mí.

Mis amigos

Algo que a lo largo de mi vocación se han hecho presente fueron mis amigos. Algunos se preparatoria, otros de universidad. Estudié Ingeniería en Sistemas y Redes informáticas.

Ahí conocí a amigos y algo más, hermanos. Siempre me apoyaron. Nunca criticaron mi decisión cuando deje la universidad para ingresar al seminario, al contrario, se dedicaron a cuidarme y a apoyarme mucho más.

Fueron ellos los que en momentos difíciles me sostuvieron son su apoyo cuando nadie más estaba ahí. En el colegio, aunque no era sacerdote me decía en Padrecito. Yo era su padrecito para ellos.

Les debo mucho a ellos. En especial a mi mejor amigo. Él cuando mi familia no me apoyaba y había salido del seminario por primera vez me dijo al verme sufriendo: “si yo fuera Ud. Y tuviera esa vocación yo la lucharía con todo mi corazón y la seguiría” Aun hoy en los momentos difíciles sigo escuchando su voz.

Luego los amigos que a lo largo de mi vida como seminarista he ido conociendo y cuya amistad sigue siendo profunda. Yo los quiero como amigos de verdad.

Uno en especial Miguel. Él salió porque no sabía si era o no su vocación, pero seguimos en contacto y tenemos confianza como para llamarnos la atención y para confiarnos cosas que nadie sabe. Como hombres tenemos un mundo interior que solo Dios y mis formadores saben, pero con él puedo decir lo que siento sin temor a nada, porque sé que es mi amigo y me entiende.

La Virgen María

Yo desde que era un niño le encomendé mi vocación. Aprendí en casa a rezar el rosario y lo rezaba en la Iglesia de mi pueblo cuando eran las novenas por las fiestas patronales. Ella fue la mujer que moldeó mi carácter de niño y me enseñó a amar de verdad.

Fue ella la que en los momentos en que no veía claro mi camino que sostuvo y me dio la fuerza para caminar por donde su hijo quería, aunque para mí fuera difícil.

Recuerdo cuando era un candidato e iba a entrar en mi Congregación el formador me preguntó: ¿Por qué? Yo no sabía solo deseaba ser sacerdote, porque siempre me había sentido llamado. Luego el formador me dijo: “¿Por qué?” Yo le respondí: No sé.

Luego salí de su despacho y fui a hacer una visita a la virgen y me pregunté o le pregunté a ella. Yo no sabía que responder y yo solo le dije a Nuestra Señora: Yo no sé.

En ese momento sentí en mí una paz tremenda. No fue igual a nada que había sentido antes. Fui a donde el despacho de mi formador y solo le respondí: No tengo respuesta, per haciendo una visita a la Virgen solo sé que esta es mi casa. Y era eso lo que quería mi formador. Que me sintiera en casa.

La adversidad

Si hay algo que me hecho crecer mucho fue sentirme débil y necesitado de Dios. No todo fue color de rosas cuando comuniqué a mi familia que deseaba ser sacerdote.

La primera vez fue difícil porque era menor de edad. Recuerdo que fui un día al seminario y me gustó tanto que quería entrar de una vez, pero mi familia se opuso por la edad. Luego cuando salí y estaba por entrar con los Legionarios de Cristo, que es la congragación a donde pertenezco. Se opusieron por la carrera de la universidad y por la historia de la Congragación.

En lo primero, no puede entrar. Recuerdo que fue un periodo difícil. En casa de ser una familia que practicaba la fe. Se me prohibió asistir a misa de la mañana que era la que yo iba. No podía salir. No podía pisar una Iglesia y ni menos entrar a hablar con mi padrino.

Recuerdo mucho que me sostenía un CDs que tenía con canciones religiosas. Rezaba con las hojas de las fotocopias de las Liturgia de las Horas. Así Dios me probó. Lego comprendí el porqué de las cosas.

En lo segundo también se opusieron, pero yo ya era mayor de edad. Elegí el sacerdocio y poco a poco han ido cambiando su posición hacia ello. Hasta el punto que son ahora los que más me apoyan y me dicen que siga adelante.

Creo que si no hubiese tenido pruebas no hubiese conocido mi Congregación. Ahora lo veo con claridad y digo: Dios me ha sostenido. No ha sido obra mía, ha sido Dios quien me ha llevado a donde estoy ahora.

Bendito sea Dios.

José Luis Martínez, L.C.

Religioso Legionario de Cristo. Nació en la ciudad de Santiago de Veraguas, Panamá. Ingresó a la congregación en junio de 2013.
Hizo su noviciado en Monterrey, México culminando en agosto de 2015. Realizó estudios en Humanístico y letras clásica en la Universidad Anahuac Puebla, México.
Cursa ahora Bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además cursa un Master en Ciencia y fe en el mismo Ateneo.

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