La fe del sacerdote debe ser una fe ilustrada

Por Don Columba Marmion en su libro Jesucristo, Ideal del sacerdote

II parte La obra de la santificación sacerdotal, las virtudes del sacerdote, N° 6 Tres cualidades de la fe del sacerdote

Les colacamos un pequeño texto del B. Don Columba Marmion sobre la fe del sacerdote. Nos pareción interesante para reflexionar como seminaristas y también como cristianos.

Para que la fe sea perfecta, debe ser una fe ilustrada. Porque pudiera suceder que, aún siendo una fe vigorosa, fuese, no obstante, rudimentaria. Este es el caso, por ejemplo, del ciego de nacimiento curado por Jesucristo. Cuando Cristo le preguntó si creía en el Hijo de Dios, respondió con un acto de intensa fe, en la que puso todo su ser a los pies de Jesús: «Creo, Señor, y se postró ante Él»: Credo, Domine. Et procidens adoravit eum (Jo., IX, 38). Si atendemos a su adhesión absoluta, su fe era perfecta. Sin embargo, era muy elemental, puesto que aún no conocía todo el conjunto de verdad y de doctrina que el Verbo había venido a traer a la tierra.

Una fe como esta acepta, sin dudar, todas las verdades reveladas, pero implícitamente y en bloque, sin un conocimiento previo de cada una de ellas. Por muy excelente y rica en virtualidad que sea esta fe espontánea y generosa, pero implícita, no puede ser suficiente cuando el espíritu de reflexión se despierta tanto en el hombre como en la sociedad religiosa.

La razón desea darse cuenta del objeto de la fe, discernirla y precisarla. Esta necesidad es la que ha dado origen en el transcurso de los tiempos a la teología, que trata de conocer, analizar y coordinar, en la medida que lo permiten las posibilidades del entendimiento, el contenido de la revelación. La verdadera noción de la teología será siempre aquella cuya fórmula consagró San Anselmo: Fides quærens intellectum [«La fe que trata de llegar a la inteligencia de su objeto». Proslogium, P. L. 158, col. 225].

A nosotros los sacerdotes nos es tanto más necesario este conocimiento de la fe cuanto que a nosotros nos está encomendada la misión de ilustrar la de los simples fieles, defendiéndola de los ataques de la herejía o de la impiedad. No debemos echar en olvido lo que a este respecto nos dice la Escritura: «Por haber rechazado tú el conocimiento [de las cosas santas], te rechazaré yo a ti del sacerdocio a mi servicio» (Oseas, IV, 6).

Sucede a veces que los estudios sagrados quedan al margen de la vida interior personal del sacerdote. Y esto es lamentable. Es necesario que fecundemos el trabajo intelectual por medio de piadosas lecturas, por el pensamiento de la presencia de Dios y por la oración. Así es como llegará a formarse en el alma del sacerdote esta teología viviente que es el corazón de la santidad sacerdotal.

Bien se os alcanza que al hablar del estudio de la teología no me refiero ni a esas cuestiones sutiles ni a esos manuales que se emplean para adquirir los conocimientos que son precisos para salir airosos de un examen de órdenes, sino que me refiero al estudio de los Santos Padres, de los doctores consagrados por su doctrina teológica y principalmente de Santo Tomás. Me refiero, sobre todo, a un conocimiento cada día más profundo de la Sagrada Escritura, que constituye el tesoro de la Esposa de Cristo.

Así se formaron los doctores de la Iglesia y los grandes teólogos; hasta el fin de los siglos, estos libros continuarán siendo las verdades fuentes de la ciencia sagrada.

¿No se da el caso de sacerdotes que viven en constante contacto con los misterios de la fe, pero que no piensan en ellos, ni se preocupan de conocerlos? Pasan su vida en medio de realidades divinas: en el altar, en el confesonario, en el púlpito, están en constante relación con los poderes sobrenaturales. Pero como su fe no es ilustrada ni su piedad tiene raigambre teológica, se les escapan muchas gracias con evidente detrimento de su ministerio y viven hambrientos en medio de la abundancia de tantas luces que debieran enfervorizar su alma.

El sacerdote debe tener la ilusión de tener un conocimiento tan completo como le sea posible de la revelación que nos trajo Jesucristo, que es la Sabiduría eterna.

Libro completo: Jesucristo, ideal del sacerdote.

José Luis Martínez, L.C.

Religioso Legionario de Cristo. Nació en la ciudad de Santiago de Veraguas, Panamá. Ingresó a la congregación en junio de 2013.
Hizo su noviciado en Monterrey, México culminando en agosto de 2015. Realizó estudios en Humanístico y letras clásica en la Universidad Anahuac Puebla, México.
Cursa ahora Bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además cursa un Master en Ciencia y fe en el mismo Ateneo.

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