La fe es una aventura

La fe es un desafío a las vidas sin sentido

El amor de Dios es siempre una experiencia nueva y no se repite jamás. Es en el secreto de cada uno de los corazones. Por lo tanto, en la experiencia de la Iglesia que Dios continua a hablar y a revelar su plan. Ella enseña al hombre como se vive.

Rezar es asumir los criterios, los pensamientos, las promesas de Dios. Esto se hace para entender, juzgar, acoger las cosas que suceden a nuestro alrededor y llevar a cabo las propias elecciones.

Es por esto que la oración une a la Iglesia, sacando a cada uno del egoísmo y de la indiferencia, abriendo el interés hacia la humanidad.

Por lo tanto, la fe, se convierte en el criterio de interpretación de la vida. El modo para asumir y gestionar cada día la propia existencia, entender y decidir el desenvolvimiento de la propia personalidad.

La fe es un desafío a las vidas sin sentido, infecunda. Dada a  la pereza, a la mezquindad y a la tacañería, que siempre meten al hombre de una manera u otra sobre los caminos muertos del egoísmo, del fingimiento, de la sensualidad sofocante.

La fe propone otra forma de medida. Es confiarse totalmente a Dios, vivir con Él, dejar la propia vida en sus manos. La fe es responder a la invitación de Dios.

Dios es solo amor. Es solo don. Y, como resultado, Él ha creado a los hombres solo por amor para que existiese. Una creatura que, consciente de sí, pudiesen gozar del propio existir.

El camino que se recorre junto a Dios en la fe es una aventura y es la realización de los deseos más profundos. Hay un hilo conductor que une todos los acontecimientos de nuestra vida, se nos escapan, y solo Dios los conoce.

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