¿Por qué es importante orar por las vocaciones?

La vocación un canto que se lleva en el alma

¿Qué nos viene a la mente cuando se nos pregunta: qué es la vocación? ¿Cuál es el recuerdo, la imagen o el sentimiento que más llega a tu mente?

Hace tiempo escuche la voz de Dios. ¿Qué sentí? A decir verdad, no sentí grande s cosas, sólo se encendió en mi deseo incesante de amar y crecer en el amor continuo más y más cada día.

Era un niño. Tenía unos 8 años. A esa edad uno se pregunta muchas cosas, sólo sabe que es lo que desea y lucha por ese anhelo. No se piensa en cuáles son las implicaciones que se tienen al seguir el sacerdocio, uno solo piensa que quiere ser como ese padre que celebró la misa y que te impacto su vida.

Se preguntarán, ¿es posible escuchar un llamado a esa edad? Sí, sí es posible. Yo la sentí cuando lo era y ahora que veo mi camino en el seminario y como Dios me ha conservado, me digo: ¡Que bueno ha sido Dios conmigo estoy feliz!

En este artículo me gustaría reflexionar sobre la motivación que mueve a un joven dejarlo todo por seguir algo más. Éstas pueden ser variadas, pero hablaré mi experiencia. Pasando luego por las dificultades que deben ser superadas (la familia, los amigos y la sociedad). Para terminar con una pequeña motivación de incentivar las vocaciones como deber de todo cristiano. Como lo dice un antiguo adagio: todo verdadero cristiano alguna vez en su vida se debió preguntar si Dios lo estaba llamando al sacerdocio o a la vida consagrada.

¿Cómo puede surgir una vocación? Las vocaciones nacen de la iniciativa de Dios. Es el quien elige al hombre o la mujer para que le siga en la realidad en donde vive. Desde niños, desde joven adolecente, en la edad adulta.

La iniciativa parte de Dios independientemente de la diversidad de formas de ser. Pero Dios se da a conocer mediante hechos concreto como medios. Para unos puede ser el ejemplo de un Padre. El ejemplo de entrega de una consagrada, la entrega de su párroco. El hombre se pregunta siempre por qué y qué es lo que tiene ese Padre o esa consagrada que le llama la atención.

Así surge la vocación desde una iniciativa de Dios, pero que se poner en práctica por medio de mediadores que le elige para hacer escuchar su voz.

No todo dentro del llamado es color de rosas. También hay dificultades. La mayor dificultad para un niño son sus padres que la mayoría de las veces se suelen oponer ante la determinación de su hijo al considerarlo inexpertos y no capaces de vivir una vida como seminaristas.

Para un adolecente el mayor desafío es él mismo. Es una edad de dudas e incertidumbres, de encuentro consigo mismo y en especial de mucho descubrimiento. Es la flor de la edad, donde los sentimientos están a flote. Así su mayor dificultad es escuchar y atender a esa voz que siente.

Al contrario, para un adulto la dificultad está en la sociedad. Ya ha estudiado, tiene una vida resuelta y he aquí que Dios se le ocurre llamarlo. Es un desafío grande. Dejarlo todo siguiendo un ideal. Siguiendo solo la voz de Dios que le dice: ven a mí. Anda déjalo todo y sígueme. Pero, cuando se anima a dejarlo todo es cuando se siente libre y es capaz de renunciar a todo. Decepcionando al Padre, que tenía muchas ilusiones en él; dejando sola a la madre; abandonando a los amigos; dejando a la persona amada y dando la espalda a la tierra que le vio nacer. Todo lo hace por un ideal y en su vida encontrara muchas preguntas que le constaran resolver, pero una sola será la respuesta: Jesucristo Nuestro Señor.

Las tres llamadas el niño, el adolecente y el adulto responden a la llamada de Dios. Lo hacen siguiendo una única luz, la luz que anima a todos a seguir, la luz de Jesús. Porque si lo siguen y superan todo dificultad están con Cristo. Están con el Padre, la Madre, los amigos, la persona amada, la patria. Porque con muchas la preguntas, pero una sola es la respuesta Jesucristo Nuestro Señor.

He aquí la importancia de incentivar a los jóvenes a que sean dóciles y estén abiertos a la llamada de Dios. Como cristianos deben asumir la responsabilidad de orar para que Dios envíe personas entregadas en el sacerdocio y en la vida religiosa a extender su Reino. Personas que con emoción y con generosidad se animan a buscar más y más lo anhelos de su corazón y de decidan por aquel que no es la solo la vida, sino el camino y la verdad. Aquel por el que no solo vale la pena dar la vida y que el mismo vale la propia vida.

Incluso no tengamos miedo a preguntarnos cómo estoy viviendo e incentivando esta dimensión de la parte de la Iglesia, porción amada del Señor. Animémonos a poner en alto la vocación a la vida consagrada y sacerdotal. Animémonos a promover y a sustentar con oraciones y con ayuda material a aquellos que dependen de nuestro sostenimiento para seguir su camino.

Al todo se resumen en dos: animar-cultivar y ayudar con nuestra ayuda espiritual y material.

José Luis Martínez, L.C.

Religioso Legionario de Cristo. Nació en la ciudad de Santiago de Veraguas, Panamá. Ingresó a la congregación en junio de 2013.
Hizo su noviciado en Monterrey, México culminando en agosto de 2015. Realizó estudios en Humanístico y letras clásica en la Universidad Anahuac Puebla, México.
Cursa ahora Bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además cursa un Master en Ciencia y fe en el mismo Ateneo.

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