¿Qué sentido tiene el dolor? ¿Por qué sufro?

Alguna vez nos hemos preguntado, ¿Qué sentido tiene el dolor humano? ¿Qué sentido tiene mi dolor? A esta pregunta, que no soy el primero que me ha hago, han intentado de dar respuestas en muchos sentidos. Pero, ¿han llegado realmente a una respuesta que no necesariamente no llegue a una afirmación de fe?

O incluso no los ha llevado a negar incluso que exista el dolor limitándolo solo al mero fenómeno, ósea al caso de lo que paso y vivo y punto. Algunos grandes santos como San Agustín, Santo Tomás se hicieron esta pregunta. Grandes filósofos como Nietzsche, Kierkegaard y muchos otros sostuvieron respuestas que incluso filosóficamente presentan grandes problemas.

Otros intentado evitar la explicación de una fe, la encuentran en el ateísmo (si existe Dios, entonces porque el dolor inocente) o yo no creo que exista un Dios si sufro tanto.

Como ven las respuestas surgen de muchos campos filosófico y teológicos. No solo desde estos, sino también un hombre cualquiera haciendo uso de su capacidad de pensar se puede presentar esta pregunta. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué el dolor inocente?

Una vez cuando era aún más joven antes de entrar en el seminario. Tuve la gracia de sufrir mucho. Tanto por parte de la familia como por parte de la propia historia familia. Incluso entré y salí del seminario por dificultades tanto familiares como humanas. Todo al final era parte de un plan de Dios que yo es ese momento no comprendí.

Siempre había querido ser sacerdote y por esto había luchado durante toda mi infancia y mi adolescencia. Recuerdo ese día en el que tuve que salir del seminario. Tomé un taxi y de camino a casa me preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué si quiero ser sacerdote y Dios lo quiere así no puedo conseguir mis sueños?

Fueron días difíciles. Días de una soledad inmensa. Estaba en mi cuarto todo el día y no salí de ahí. Busca en el vacío que sentía, intentar llenarlo como sea. Mi corazón se había desgarrado. Estaba partido en pedacitos. No comprendía por qué y qué era lo que Dios quería en medio de esta dificultad.

Un día mi mama entró y estuvo conmigo. Me abrazó y me sostuvo sobre sus piernas. No me dijo nada, sólo estuvo allí y me escuchó llorar. No era algo difícil, solo necesitaba liberar eso que llevaba dentro. Soltar y dejar ir mi dolor.

Fue en este momento en que comprendí que mi dolor era necesario por tres cosas: purificar mi intención de ser sacerdote y las motivaciones que me habían llevado al seminario; para consolar a Cristo y cambiar mi corazón. En ese momento fue que fui capaz de en el abrazo de mi mamá y llorar como un niño en su regazo, sentí que era Dios quien estaba a mi lado. Era él el que me decía: es necesario para por esto.

A partir de allí comencé a ver el mundo con otros ojos. Me atrevía volver a mirar el pasado con agradecimiento. Di el paso a dialogar con mis antiguos amigos y a rezar.

En la primera cosa que comprendí (purificar mi intención): viéndolo desde más distancia me digo: fue necesario. El dolor ayuda a corregir por qué hacemos las cosas. Dios nuestro Señor es infinitamente sabio. Él sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros Sabe que somos débiles. Sabe que como hombre nos mueven las cosas emocionantes y espontaneas, pero se nos olvida lo esencial: Jesucristo Nuestro Señor.

Cuando entré en el seminario por primera vez estaba muy contento. Estaba animado. Era como todo joven que se emociona al estar dando la vida para siempre al Señor. Pero había algo que no. Había algo que, ahora viéndolo desde lejos, me digo: estaba muy apegado a mi vocación y eso me llevó a estar demasiado seguro de mí mismo y no de las gracias y del poder de Dios que es lo único que sostiene a un sacerdote o a un seminarista.

Comprendí que el dolor nos purifica de los propios pecados y de los propios defectos. Muchas veces nos cuesta acordarnos de lo que hemos hecho en el pasado. Nos duele darnos cuentas de que somos débiles y de que no nos atrevemos a mirar el pasado por lo que hay en él. No nos damos cuenta de que Dios aun el pecado hace cosas grandes. Bien lo dice San Pablo cuando dice: donde abundo el pecado sobreabundó la gracia.

En un segundo aspecto, comprendí que el dolor cristiano es para acompañar a Cristo. Hacer parte de su vida y de su pasión. Este es el verdadero significado del cristiano que sufren. Configurarse con Cristo, sacerdote y pastor. Lo dice Cristo a Pablo en el momento de su conversión: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Es Cristo el que sufre en el cristiano que sufre.

Es Cristo el que nos dice: mihi fecisti a mí me lo hiciste. Cristo es el que sufre por el pecado de toda la humanidad. Hoy él sufre por todas las profanaciones de su santo nombre. Él sufre por el dolor infringido al inocente por el más fuerte. Él sufre por la guerra y las consecuencias de esta.

Y la última cosa que comprendí fue que el dolor sirve o mejor dicho ayuda a convertir el corazón. El salmo que rezamos los clérigos y las personas laicas comprometidas en la Liturgia de las Horas dice: “Ojalá escuches hoy mi voz, no endurezca tu corazón como…” (Ps. 94)

Como experiencia me gusta mucho este salmo. Ese es el sentido del dolor. No es verse el ombligo todo el día mirando que feo es. Es tomas las riendas de la propia vida y decir: yo puedo salir de esto. Puedo cambiar mi forma de amar. Puedo cambiar poco a poco mi corazón y puedo decir: quiero convertirme.

Hoy no hay que voltear y decir que fea es mi vida y me la quito. No. La vida es bella. No hay nada más que decir. Incluso para aquel que sufre o que llora. La vida, su vida que es la que Dios le ha regalado tiene un sentido de purificación, de configuración y de conversión. No tiene sentido volverse ateo por sufrir. Ser ateo es intentar negar algo que no existe para él. El ateo se contradice al intentar demostrar algo que él mismo. sostiene que no existe, ósea está demostrando que existe.

Como consejo final, si hay una familiar que sufre y tiene resentimiento. No lo intenten animar, solo escúchenlo y demuéstrenle que no está dolor. NO CON PALABRAS, SINO CON OBRAS.

Este es mi testimonio con el dolor.

H. José Luis Martínez, LC

José Luis Martínez, L.C.

Religioso Legionario de Cristo. Nació en la ciudad de Santiago de Veraguas, Panamá. Ingresó a la congregación en junio de 2013.
Hizo su noviciado en Monterrey, México culminando en agosto de 2015. Realizó estudios en Humanístico y letras clásica en la Universidad Anahuac Puebla, México.
Cursa ahora Bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además cursa un Master en Ciencia y fe en el mismo Ateneo.

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