Sobrenaturalizar el trabajo

Consejos para los sacerdotes que estudian

Procurad sobrenaturalizar vuestro trabajo. Nunca empecéis a estudiar sin haber orado antes. Tened cuidado de elevar vuestra intención, para que no busquéis otra cosa que la mayor gloria de Dios y la investigación de la verdad. Hay quienes tratan de adquirir la ciencia sagrada con «el fin de adquirir renombre de sabios»: Ut sciantur ipsi, como dice San Bernardo, lo cual no deja de ser una torpe vanidad: et turpis vanitas est [In Cantic., Sermo 36, 1-3].

Para los que trabajan con estas miras, el estudio nunca será un medio para santificarse. De esta ciencia es de la que el Espíritu Santo ha dicho: «La ciencia hincha» (I Cor., VIII, 1), y en otro lugar: «La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios» (I Cor., III, 19). Podríamos añadir que también «ante los hombres», porque nada hay más repelente que un sacerdote ofuscado por sus éxitos y totalmente poseído de las consideraciones debidas a su superioridad intelectual. No nos dejemos seducir por nuestra ciencia, que harto imperfectos serán siempre nuestros conocimientos mientras vivamos en esta vida.

Apliquémonos al estudio con la intención de trabajar por el reino y la gloria de Dios, por la Iglesia, por defender contra todos los ataques el depósito de la revelación, por conservar en toda su pureza y vigor de la fe de los fieles y, sobre todo, por saturar nuestro propio espíritu del conocimiento de Jesucristo y de sus incomparables misterios.

Tal debe ser, me complazco en repetirlo, nuestra teología: una teología viviente que sea el corazón de la santidad sacerdotal.  También la lectura espiritual es de suma importancia en la vida del sacerdote.

Constituye para él un verdadero peligro el estar demasiado ocupado en las cosas profanas y el dejarse cautivar por lecturas que nada tienen de sobrenatural. Los que habitualmente se entregan al estudio de los clásicos tienen igualmente necesidad de algún antídoto para salvaguardar el fervor de su fe.

Es verdad que un profesor o un sacerdote absorbido por sus ministerios no disponen de mucho tiempo para dedicarse a estudios suplementarios. Pero ¿no podrán dedicar un rato cada día a la lectura espiritual, a la lectio divina, como la llama San Benito? Se sorprenderán al comprobar al cabo de cierto tiempo hasta qué punto este medio ascético, aún aplicado en «pequeñas dosis», llena la inteligencia de elevados pensamientos, conforta el corazón y mantiene al alma en inestimable contacto con los misterios divinos.

La Sagrada Escritura asiduamente leída y aún aprendida de memoria será siempre en el corazón del sacerdote como una fuente que mana sin cesar.

Tomad buena nota de esto: en la Eucaristía, el Verbo divino se oculta bajo las especies sacramentales, rodeado de un silencio lleno de majestad; en la Sagrada Escritura adopta para comunicársenos la forma de una palabra humana, que se adapta perfectamente a nuestras expresiones usuales.

El Verbo de Dios, considerado en sí mismo, es incomprensible para nosotros, porque es infinito. El Padre expresa en su Hijo todo cuanto es y todo cuanto conoce. Las Escrituras no nos dicen sino una pequeña sílaba de aquella intraducible palabra que el Padre pronuncia en su insondable inmensidad.

Cuando lleguemos al cielo, contemplaremos esta Palabra subsistente y penetraremos su secreto; pero procuremos prestar, ya desde ahora, una respetuosa atención a la revelación y a la porción de la ciencia divina que las Sagradas Escrituras nos manifiestan.

Durante la vida mortal de Jesús –aunque ya os lo he dicho, no estará de más el insistir sobre ello– muchos no veían sino el exterior, y no suponían que bajo las apariencias del hombre se encontraba la divinidad. El Verbo encarnado quedaba oculto a sus miradas. Lo mismo sucede a muchos espíritus que se limitan a considerar el elemento humano de las Escrituras y no llegan a descubrir bajo esta envoltura la revelación divina.

La visión que la fe nos proporciona, en modo alguno impide el estudio crítico de los textos sagrados. Más para que el Verbo divino que en ellos se nos manifiesta sea, como efectivamente debe ser, un medio de salud, nuestra alma debe repetirse constantemente a sí misma en el transcurso de estos estudios: «Ahí se contiene la palabra eterna, el mensaje auténtico de Dios».

Si queréis influir en las almas y hacer el bien, no me cansaré de repetiros el consejo de San Pablo: «La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente»: Verbum Christi habitet in vobis abundanter (Col., III, 16).

José Luis Martínez, L.C.

Religioso Legionario de Cristo. Nació en la ciudad de Santiago de Veraguas, Panamá. Ingresó a la congregación en junio de 2013.
Hizo su noviciado en Monterrey, México culminando en agosto de 2015. Realizó estudios en Humanístico y letras clásica en la Universidad Anahuac Puebla, México.
Cursa ahora Bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Además cursa un Master en Ciencia y fe en el mismo Ateneo.

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